12/07/2014 – Aquí la Virgen nos enseña que soy yo quien debe cambiar y no los demás.

1044929_488893027855576_1666231250_nQueridos amigos, estamos aquí para reflexionar acerca de Medjugorje.

La Virgen nos invita a la paz. No hay paz sin la conversión. Por tanto, mi conversión es una condición previa para la paz. Así que la paz no existe sin el cambio.

No obstante, a menudo esperamos que sean los otros quienes cambien, y pensamos: “Cuando los demás cambien tendremos paz”. “Cuando cambie mi mujer o mi marido, habrá paz”. Cuando cambien los vecinos o las circunstancias que nos rodean…

Sin embargo, aquí la Virgen nos enseña que soy yo quien debe cambiar y no los demás.

Hay una cosa que es muy interesante: cuando yo empiezo a cambiar, entonces los demás también cambian. Esto es esencial. Cuando cambio mi forma de pensar, cuando cambio mis sentimientos, todo empieza a tener otro aspecto. Tanto las cosas como las personas cambian de aspecto.

Jesús nos enseña a no querer quitar la paja del ojo ajeno; primero verifica tu estado de ánimo. En cambio nosotros queremos hacer que los demás cambien. Es mucho mejor. Como un pájaro a miles de metros de altura, vemos la paja en el ojo del prójimo. Sin embargo nos cuesta ver el lado positivo de las cosas.

Jesús nos dice: “examina primero tu estado de ánimo y cambia tú”. Libérate primero de todo lo que hay dentro de ti.

Nosotros no vemos de forma clara. Miramos a través de nuestros filtros. Esto hace que nuestra visión sea distorsionada.

Pensemos en una persona a la que no queremos. No somos capaces de percibir a esa persona. Nuestra visión ya no es clara. Quizá veamos solamente un lado, el negativo. Entonces, antes que nada, debemos verificar si dentro de nosotros hay algún filtro, alguna traba. Lo primero que debemos hacer es liberarnos de esto.

Recordemos nuestras reacciones hacia los demás. ¿Dentro de nosotros hay rabia y reaccionamos de forma nerviosa? ¿Cómo será nuestra reacción? No podrá ser buena…

Ante todo, debemos ser conscientes de cómo va nuestro estado de ánimo. Cuando en nuestro interior hayamos puesto las cosas en su lugar, entonces podremos responder.

Les pongo un ejemplo del obispo san Francisco de Sales. Una vez un hombre lo insultó y blasfemó. San Francisco callaba. Sus amigos le preguntaron: “¿Por qué estabas callado?, ¿por qué no respondiste?” Y él contestó: “hice un pacto entre mi lengua y mi corazón: la lengua puede hablar siempre que el corazón esté calmado. Sin embargo, en aquel momento mi corazón no estaba tranquilo”.

Me acuerdo bien cuando daba catequesis en la escuela. Algunas veces los alumnos no se portaban nada bien. Más de una vez pensé en echarles la culpa a ellos, pero después entendí que no les correspondía a ellos. Me pregunté a mí mismo: “¿Con qué estado de ánimo entro yo en la clase? ¿Estoy fresco, descansado? ¿De buen humor?” De esto depende el resto.

¿Con qué estado de ánimo entro en mi casa? ¿Cómo me acerco a los demás? Todo depende de mi interior. Es por eso que Jesús nos dice: “En primer lugar debemos limpiar el vaso por el interior”. El exterior depende del interior.

¿Qué tipo de persona eres? No depende sólo de ti, sino también de mí, de cómo te miro. ¿Qué sentimiento tengo dentro: amor u odio?

La Virgen nos enseña que primero tenemos que cambiar nosotros. Este cambio debe pasar por la oración. Lógicamente después de la oración, pero sobre todo durante la oración. La oración, la Santa Misa y la adoración deben ser momentos de cambio.

Nos preguntamos: pero, ¿de qué cambio se trata? Recordemos a los dos discípulos en el camino de Emaús hacia Jerusalén. ¿Cómo estaban cuando se encontraron con Jesús? Podemos decir que estaban ciegos. No lo veían y sin embargo Él estaba realmente allí. Decepcionados, comentaban: “Nosotros le esperábamos y en cambio todo se ha acabado”. Ellos no veían. Acuérdate de ciertas situaciones en las que vas andando, pensativo, y no ves a quienes tienes cerca.

Recordemos aquí una cosa muy importante. Después de la resurrección Jesús se muestra distinto. Dios siempre es diferente de lo que yo pienso. Ni siquiera María Magdalena lo reconoció, aunque reconoció Su voz. Sin embargo los dos discípulos lo reconocieron al partir el pan. El apóstol Tomás lo reconoció cuando tocó sus llagas. Dios siempre es diferente.

La Virgen desea que yo cambie a través de la oración. El cambio es un proceso. Se observó también este proceso de cambio en los dos discípulos de Emaús durante su camino a Jerusalén. Poco a poco sus ojos se fueron abriendo y su corazón empezó a despertarse. Más tarde dirían: “¿Pero no ardía nuestro corazón mientras Le escuchábamos?” Su corazón se despertó y fueron entendiendo cada vez más. Todo esto sucedió durante un camino. Por tanto nuestra transformación también es un camino.

Ser cristiano significa estar en camino con Jesús. Cuando voy a rezar me encuentro con Jesús, como aquellos discípulos. Sigo caminando con Él. Reflexiono con Él. Me analizo a mí mismo con Él, porque no siempre nos vemos como somos. Nuestra forma de reflexionar puede no ser acertada. A menudo estamos ciegos como aquel fariseo que rezaba en el templo. Estaba ciego.

Nosotros rezamos, pero eso no significa que el cambio suceda dentro de nosotros. A menudo permanecemos así, como cuando empezamos a rezar y volvemos a casa igual que antes. Esto no funciona.

La Virgen quiere que cambiemos. Nosotros nos ponemos de buena gana delante del espejo. Una y otra vez. Esto, obviamente tiene que ver con nuestro exterior. Sin embargo nos cuesta mucho más mirar nuestro interior. Y es mucho más importante que el exterior. Mirarnos a nosotros mismos. Mirar y entender lo que nos mueve. Ver y comprender lo que es decisivo para mí. ¿Qué influye en mis decisiones? ¿Por qué pienso así determinada persona? Necesitamos verificar siempre nuestra forma de ver las cosas.

Yo veo a una persona de cierta manera. Pero, ¿esta persona es realmente así como yo la veo? ¿Es realmente así, o soy yo quien la ve de esta forma? Son dos cosas diferentes. Por tanto, junto a Jesús debemos examinarnos siempre a nosotros mismos.

Leer la Palabra de Dios. Escucharla. Ser como María, la hermana de Marta. Cuando te recojas en oración debes ser como María. Es uno de los elementos de la oración con el corazón.

La Virgen, aquí, nos enseña a rezar con el corazón. Rezar con el corazón significa estar presente. A menudo nos alejamos con el pensamiento. No estamos presentes. Con el cuerpo sí, pero no con el espíritu. Me duermo como aquellos tres discípulos en el Huerto de los Olivos. Pero Jesús los despierta. Jesús quiere que nosotros también estemos despiertos. Desea que no seamos más como Marta sino como María.

Solo Tú, Jesús. En la Santa Misa y en la adoración solo Tú eres importante, Jesús. Te contemplo y Te escucho. Soy todo ojos y todo oídos.

Estad despiertos, “rezad, rezad”, dice Jesús. Naturalmente esto no es fácil, pero debemos hacer el ejercicio. La Virgen nos enseña que la oración con el corazón es un estado de ánimo interior, una disposición. Durante la oración tenemos las palabras y el estado de ánimo. Recordemos las críticas de Dios en el Antiguo Testamento: “Este pueblo Me venera con los labios; su corazón está lejos de Mi”.

Entonces nosotros pronunciamos las palabras. Rezamos el Rosario, una bellísima oración, pero debemos estar despiertos continuamente durante el Rosario. Debo tener una buena disposición en mi corazón para la oración.

Tomemos como ejemplo esta palabra: “Señor, Te doy gracias”. El estado interior es el agradecimiento. El estado interior es importante. Debo demostrar en mi interior el agradecimiento. Debo tener una confianza interior en el Señor, el abandono en Él. El Amor en el corazón.

A los dos discípulos les sucedió que se despertaron. Este estado interior no tiene por qué presentarse al inicio de la oración, pero sí debe cumplirse luego. Reza por esta intención: “Jesús, despierta el Amor dentro de mí. Despiértame la confianza en Ti. Despierta en mí el agradecimiento”.

Reza de esta forma y durante la oración intenta sentir, por lo menos una vez, lo que sintió Isabel en su encuentro con María: “El niño saltó de gozo en su seno” (Lc.1 39-45). Así lo expresó. Saltó de gozo. Ya que estás con Jesús, intenta que también dentro de ti pueda saltar de gozo tu corazón.

La Virgen dice: “Orad con alegría”. Quizá ahora no reces con alegría. Está bien, pero que sepas que es posible. Y cuando empieces a rezar con alegría verás que todo cambia.

Os cuento un ejemplo: Una chica estaba leyendo un libro de poesías que le resultaba aburrido. Leyó un poco y dejó el libro. Unos días más tarde, conoció a un joven y se enamoró de él. Hablando, él comentó que escribía poesía. Cuando ella volvió a casa fue corriendo a buscar aquel libro de poesías y descubrió que el chico era el autor del libro. Empezó de nuevo a leerlo y no paró hasta que lo terminó. Y lo releyó varias veces porque ya no lo encontraba aburrido. Cada palabra tenía su significado.

La Virgen nos dice: “Enamoraos de Jesús”. “Enamoraos del Santísimo Sacramento del Altar”. Cuando esto sucede, todo cambia. Es por esto que necesitamos rezar por el amor: “Jesús, despierta el amor dentro de mí”. El amor está dentro de ti, como lo estaba en aquellos dos discípulos, aunque a veces ese amor esté dormido. Por eso necesitamos despertarlo.

Otra buena forma de rezar con el corazón es repitiendo las invocaciones. La Virgen dice: “rezad oraciones breves”. Por ejemplo: Gracias Jesús, Jesús te amo. Jesús confío en Ti. O simplemente la palabra “Jesús”. Haz que el nombre de Jesús penetre en tu respiración. Repítelo, con agradecimiento. “Jesús”. Con amor. Con confianza. Incluso las palabras de santo Tomás: “Señor mío y Dios mío”. O las de san Francisco: “Dios mío, mi Todo”. Repítelas dentro de ti para que tu corazón se vaya despertando, para que tu corazón empiece a rezar.

Hay algunas condiciones para la oración con el corazón. El perdón. No puedes rezar con el corazón si no perdonas. Si dentro de ti hay sentimientos negativos, está claro que no puedes rezar con el corazón. Si no consigues aceptar tu cruz, es difícil rezar con el corazón.

La Virgen dice: “Trabajad con vuestros corazones como trabajáis los campos”. Tenemos que ir con cuidado porque podemos rezar como aquel fariseo del Templo, ayunar como él dos veces por semana, y sin embargo puede que no suceda el cambio. Es necesario verificar nuestro interior y empezar a trabajar en nosotros mismos.

Queridos amigos, esto sería un breve resumen, una breve introducción a la escuela de oración de María.

Deseo deciros otra cosa. Para poder rezar con el corazón es muy bueno ser agradecido. Hay tres dimensiones de agradecimiento. Abrir nuestros ojos ya que a menudo no estamos satisfechos porque no vemos lo que tenemos: veo solo los defectos. Cuando doy gracias descubro muchísimas cosas bonitas a mi alrededor.

Por tanto, abre mis ojos. Después, despierta mi corazón. Porque cuando descubro la belleza de lo creado a mi alrededor, mi corazón empieza a gozar. Y el gozo se despierta dentro de mí.

La tercera dimensión es terapéutica. Cuando doy gracias, por ejemplo por las cruces – Oh Dios, Te doy gracias por mis cruces, por todo aquello que me ha sucedido en la vida, Te doy gracias por todo – entonces el agradecimiento te ayuda a reconciliarte con la cruz, para que aparezca la paz dentro de ti.

Queridos amigos, quizá hoy tenéis uno, dos o tres motivos para no estar satisfechos, pero recordad bien: hoy tenéis mil motivos para ser felices.

Catequesis del P. Marinko

(Medjugorje 09/10/13 pabellón amarillo)

 Fuente: http://medjugorjetuttiigiorni.blogspot.it

Traducción del italiano a cargo del equipo de www.virgendemedjugorje.org