Comentario del mensaje del 25 de Abril de 2007

“¡Queridos hijos!También hoy los invito de nuevo a la conversión. ¡Abran sus corazones! Mientras estoy con ustedes, este es un tiempo de gracia; aprovéchenlo. Digan: “Este es el tiempo para mi alma”. Yo estoy con ustedes y los amo con un amor inconmensurable. ¡Gracias por haber respondido a mi llamado!”

La conversión del corazón es el trasfondo de todos los mensajes y todos apuntan a ese fin. Cambiar de vida, comenzar el camino de acercamiento a Dios, reconciliarse con Él y con los demás, santificar la propia vida, poner como meta de nuestro peregrinar el encuentro con Dios, comenzar a vivir el cielo desde la tierra, éstas y muchas más son expresiones de una misma realidad a la que nuestra Santísima Madre nos llama y atrae, y por la que Ella no deja de visitarnos desde hace casi 26 años. Es la Madre que de mil maneras llama a sus hijos a la salvación y a la santidad.

Es urgente la conversión y la urgencia es múltiple: urge enmendar el pasado purificándolo y restableciendo la salud moral y espiritual; urge la conversión en este presente que vivimos cargado de fuerzas malignas, en abierta rebelión a Dios y que han generado la cultura de la muerte y la inmoralidad general en la que estamos inmersos; es urgente convertirse por el futuro que nos espera si no hay conversión, y también lo es en la vida de cada uno porque nadie tiene la vida comprada y Dios lo puede llamar en el momento en que menos se lo piensa.

La conversión no es obra nuestra sino es Dios quien obra en nosotros dándonos “un corazón nuevo, infundiendo un espíritu nuevo, quitando de nuestra carne el corazón de piedra” (Cf Ez 36:26). Pero aunque es Dios quien nos convierte a Él, nosotros no somos sujetos pasivos sino que, habiéndonos Dios creado libres, depende de nuestra libre voluntad aceptar el llamado a la conversión y responderle. La respuesta primera es la apertura hacia la acción de Dios en nosotros.

Para permitir que el Espíritu Santo haga su obra es necesario abrirle el corazón, que se manifiesta concretamente en el deseo de purificarnos, de estar limpios, de tener una buena confesión sacramental para que el Señor, por medio de su representante en la tierra, el sacerdote, nos perdone y cancele las manchas del pecado.

Porque para que la promesa se cumpla, es decir para que se nos infunda el espíritu nuevo, lo primero es quedar purificados de todas nuestras impurezas, de todas nuestras miserias (Cf Ez 36:25).

Toda vez que nos cerramos a la gracia impedimos al Espíritu Santo entrar en nosotros. Es como cuando cerramos una habitación a la luz del sol. Todo queda en la oscuridad. Basta abrir una hendija para que la luz haga su camino y descubramos la realidad oculta. Cuanto más abrimos más luz penetra hasta que queda todo iluminado.

San Cirilo de Jerusalén escribía que “basta un solo rayo de luz para que todo adquiera color”. Sin embargo, agregaba, “si uno es ciego y no acepta la gracia, que no acuse al Espíritu, sino a su propia incredulidad”.

Es la gracia, que viene del Espíritu Santo, la que realiza en el alma la transformación. La gracia -dice el Catecismo- “se parece a un resplandor o a unos rayos que destruyen todas las manchas del alma y le comunica luz y belleza”.

Los prejuicios, el escepticismo, la falta de fe, la búsqueda sólo del placer con el consecuente rechazo del sacrificio y de la cruz, los vicios arraigados, la contumacia en el pecado grave, la práctica de cultos esotéricos y el ocultismo, son todos impedimentos al paso de la gracia. Todos ellos deben abandonarse con firme decisión, sabiendo que para vencerlos está la gracia extraordinaria de este tiempo, cuyo signo es la presencia de la Santísima Virgen entre nosotros de un modo tan especial. Cuando Ella no esté con nosotros como lo está ahora, es decir con estas apariciones cotidianas, será cuando esa gracia extraordinaria habrá llegado a su fin.

Tiempo éste, entonces, de gracia. Tiempo para aprovechar. Es el tiempo que no podemos dejar escapar. Es el tiempo para vivir lo que nuestra Madre nos pide y así nacer a la gracia de la conversión, recibir la paz que viene de ella y avanzar en el camino de crecimiento espiritual.

“Yo estoy con ustedes y los amo con un amor inconmensurable”.

Ella, Madre y Reina nuestra, nos ama con amor inconmensurable. Con un amor que no es posible medir. La medida del amor, decía san Agustín, es amar sin medida. Pero ¿quién puede hacerlo? ¿Quién puede amar infinitamente sino Dios y nuestra Madre, que nos ama con el amor de Dios? Éste es amor que no se puede contener y ese amor es la misma perfección de su belleza.

Jesucristo nos amó hasta el extremo. Así nos presenta san Juan los últimos momentos del Señor en la Última Cena con sus discípulos. Es el preludio de su Pascua, de su Pasión y muerte en la cruz. Es la noche del ofrecimiento de sí mismo en la Eucaristía.

La Eucaristía: éste es el signo del amor que ama hasta el extremo, que ama sin medidas. Es el signo del amor que redime. De ese amor participa nuestra Madre, por eso el Papa Juan Pablo II llamaba a la Virgen “Mujer Eucarística”.
Nuestro actual Papa, Benedicto XVI, en la Exhortación “Sacramentum Caritatis”, en el capítulo dedicado a la Eucaristía y la Virgen María, recuerda la Constitución Dogmática Lumen Gentium y escribe: “(en la cruz) sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima… María es aquella que acoge la Palabra que se hizo carne en ella y que enmudece en el silencio de la muerte.. Ella es quien recibe en sus brazos el cuerpo ya exánime, de Aquél que de verdad ha amado a los suyos “hasta el extremo” (Jn 13:1).

Y prosigue el Santo Padre: “Por eso, cada vez que en la Liturgia eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia” (Sacramentum Caritatis n. 33).

El amor de María es comparable al de su Hijo. El amor de Cristo es redentor y el de su Madre corredentor. Es el amor que no conoce medida ofrecido en la cruz en la más estrecha unión de corazones que podamos imaginar. Si el Señor puso al discípulo, para seguirlo, la condición de tomar la cruz, en el caso de su Madre no hubo una cruz diferente a la suya. Ella abrazó la misma cruz del Hijo, en perfecta unión oblativa con Jesucristo. Él es el único Redentor, Ella la Corredentora por antonomasia.

Por ese mismo amor desciende la Virgen hasta nosotros y está con nosotros y permanece con nosotros. Con ese amor nos llama a la conversión porque nos quiere cerca, porque no quiere que nos perdamos, porque nos espera en el Cielo y para eso viene a mostrarnos el camino, a regalarnos las gracias que obtiene de Dios y a llevarnos a Aquél, su Hijo, que es el Camino, la Verdad y la Vida (ver mensaje a Mirjana del 18 de Marzo del 2007).

La Reina de la Paz nos conduce a su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, donde Él está: en el sacramento del amor. Toda conversión debe llevar a su culmen, la Eucaristía. Eucaristía creída, celebrada, vivida y adorada. De ella nos nutrimos, de ella sacamos fuerzas para el camino, de ella nos viene el amor que nos transforma en continuo crecimiento espiritual, en continua conversión.

Que cada uno pueda decir: Éste es el tiempo para mi alma, éste es tiempo que debo aprovechar para cambiar mi vida, para acercarme a Dios, para crecer en la fe y en el amor. Que cada uno así lo viva, porque ello será verdaderamente dar respuesta al llamado de la Reina de la Paz.

P. Justo Antonio Lofeudo mslbs
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